Cuando actúas no, porque no sos vos.
Claro, estás dentro de un papel, respondiendo al rol de un papel que estás representando.
Y la manera de contar un cuento… ¿qué es contar bien un cuento?
Para mí contar bien un cuento es cuando yo desaparezco del escenario y la gente está viendo la historia que yo estoy contando, dejan de verme. O sea, la palabra se hace imagen en sus ojos, no en su mente. Yo desaparezco del escenario.
Al margen de eso, de una manera más objetiva, ¿qué es contar un cuento?
Contar un cuento es hacer algo creíble, es contar algo y que la gente lo crea, no que crea si es verdad o mentira, no que entre en ese diálogo; sino que en el momento en el que lo están escuchando, lo están viviendo como verdad.
Para mí la diferencia básica entre el teatro y la narración es que yo no sé contar si no veo al público a quien cuento. En el teatro, por ejemplo, todo lo que es el público aparece oscuro. Yo no sé contar así.
¿No lo haces en un auditorio oscuro?
No. Yo necesito luz en el público, yo necesito mirar en los ojos de la gente que me está escuchando. Necesito saber si me están entendiendo, si les está cayendo bien la historia, todo eso. En realidad el teatro es una comunicación, pero el cuento es un diálogo. La gente te está devolviendo continuamente con eso, con la mirada; y yo necesito de esa respuesta.
¿Y en el teatro te parece que no?
No. Sí, pero si te fijas está lo de la cuarta pared, por ejemplo. La obra de alguna manera se representa igual esté el público o no, en teoría. A mí me parece básico eso.
Ahora, yo te hablo de mis necesidades, yo necesito ver al público, necesito mirar. Para mí la mirada es casi tan importante como la voz.
Y cuando das estos talleres en la universidad o para padres, más allá de enseñarles el valor del cuento, ¿hay técnicas de cómo contar?
No hay una forma de contar. Yo lo que enseño en los talleres… yo no enseño nada. No hay ningún taller que te enseñe a contar cuentos, a contar cuentos se aprende contando cuentos. En los talleres lo que yo hago es trabajar las herramientas que se utilizan a la hora de contar. La mirada por ejemplo es lo que más trabajamos; la voz, que sea variada, qué registros podemos utilizar para variar la voz; hablamos del vocabulario, hablamos del gesto también. Pero principalmente, yo no digo “se tiene que contar así”, yo lo que digo es que tiene que parecer creíble y tienes que buscar tu forma de contar. Yo no puedo estar hablando contigo y de repente decir “Te voy a contar un cuento: Había una vez…”, eso marca distancia. Yo te digo, “Te voy a contar un cuento: un día…” y soy yo, eso va a hacer que tú me creas más, aunque lo que te cuente sea racionalmente increíble, pero emocionalmente es creíble. A mí lo que me interesa es eso, que emocionalmente la gente se lo crea; y para que la gente se lo crea emocionalmente, no puedo dejar de ser yo. Si dejo de ser yo, me aleja de ese objetivo.
¿Eres bueno contando chistes?
Yo creo que no, de hecho no es algo que haga cotidianamente. Aunque hay cuentos cortos que si que parecen chistes. Yo tengo el cuento de Caperucita, la versión esta de Caperucita, que va camino a casa de su abuela, ve un matorral que se mueve, lo aparta y es el lobo con los ojos grandes, y dice perdón a Caperucita y se va corriendo; un poco más allá otro matorral, lo vuelve a apartar Caperucita y está con las orejas erguidas, perdona dice y se echa a correr; y al final está con todos los dientes fuera, el lobo la asusta, Caperucita se marcha y es la única manera que tiene el lobo de poder cagar tranquilo. Es un chiste porque es muy corto y tiene ese giro al final. Pero en realidad los cuentos son también así. Yo creo que todos los cuentos tienen que tener sorpresa.
Hay gente que no cuenta bien los chistes, o se pone a hablar y nadie te escucha ¿A qué se debe?
No lo sé. A mí eso es lo que me parece mágico, no escuchamos porque vivimos en una sociedad en la que no se escucha. Y de repente hay un grupo de adultos especialmente…porque el niño parece que está como más predispuesto a imaginar; aunque lamentablemente últimamente al niño se le evita, se le saca de la niñez antes, se le dice que hay que comportarse como adulto y se le da menos espacio para ser niño. Pero que el adulto de repente escuche y se deje llevar por la palabra, o sea se abandone en el plano emocional, en colectivo -porque fíjate que también socialmente las emociones las vivimos en la intimidad, lloramos en casa, cuando reímos desaforadamente nos tapamos, porque es como que no controlamos la emoción-. Y de repente tienes un grupo de 50, 80, 100 personas que no se conocen de nada, que están escuchando a alguien a quien desconocen por completo, y además con un aspecto…. (Yo antes llevaba la barba por aquí entonces en España tener esa pinta de talibán es como que contraproducente). Y lo notas, y de repente ves que la gente ríe, se estremece, llora, a mí eso me parece mágico realmente. Y creo que tiene mucho que ver la mirada.
¿Cómo es esto de la mirada?
Pues mirar, mirarnos. Es un poco todo, es la pausa, es el ritmo, y todo eso lo vas aprendiendo conforme vas contando, vas adaptando el cuento al público. Y también tiene que ver que cuando yo creo las historias, las creo para ser escuchadas. Entonces tu creas la historia ya pensando en el público que te va a escuchar, es más cómodo, es un trabajo más fácil que cuando agarras un texto que te gusta y lo tienes que traducir, lo tienes que oralizar, lo tienes que trasformar a la oralidad.
¿Cuáles son las diferencias más puntuales que encontrás entre lo oral y lo escrito?
Es todo. El ritmo, la estructura de las frases, la presentación de la historia también, el hilo histórico, la coherencia temporal. En la oralidad puedes saltar más, puedes salirte y volver, es todo mucho más fresco, puedes recordar, puedes jugar. La literatura es como más estricta, y piensa que los escritores y las escritoras… a mí me pasa: cuando tengo que escribir algo lo leo, lo releo, lo pienso, lo repienso, porque queda ahí, escrito, entonces es como que tienes más responsabilidad. En lo oral, lo puedes modificar en seguida, lo puedes cambiar, puedes jugar, puedes estar todo el rato saltando.
Pero cuando escribes, escribirás varias opciones, vas corrigiendo…
No, yo no escribo las historias.
A mí no me queda tan clara esa diferencia. Claro que hablar es mucho más impreciso y laxo, te quedan como frases a medias…
O no; o es mucho más preciso también, depende. Es que ahí está la flexibilidad de la realidad, que adaptas en seguida el cuento a ese momento, no al público sólo, sino a ese momento. Entonces puedes meter algo que te ha pasado hace un momento o algo que ha pasado en el mundo ese día, puedes ironizar con eso. En mayo saqué un libro, con los textos que llevo contando tiempo, y fue un trabajo arduo esto de escribir los textos para el libro. Me falta, por ejemplo, saber cómo cae el cuento en la persona que lo lee. De hecho, de alguna manera le pedí al editor que pusiera mi correo electrónico porque necesitaba que si alguien quería decirme algo que pudiera decírmelo.
¿Y tuviste respuesta?
Sí, me ha escrito un montón de gente, normalmente es gente que me ha escuchado contar, que me conoce, porque claro, ¿quién va a comprar un libro de Félix Albo así de la estantería? Nadie. Pero hay gente que me ha escuchado contar, gente que llevaba pidiendo esos cuentos tiempo, que de alguna manera es la excusa de ese libro. La razón de ese libro es que cuando yo terminaba de contar, había gente que me decía “Ay, me encanta este cuento, ¿dónde puedo conseguirlo?”. En ningún sitio, es que no te lo puedo mandar ni en un pdf. porque no lo tengo escrito.
¿Y no has hecho cassetes o dvd's?
No. En el 2004 o 2002 creo que fue, saqué el primer libro. Mi nombre artístico es Félix Albo, porque antes éramos un grupo de dos, el “Grupo Albo”. Entonces cuando nos separamos mantuvimos el “apellido de casados”, él se llama Pablo Albo y yo soy Felix Albo. Pues sacamos un audiolibro, había una sesión, grabada en un CD y ahí la gente podía comprobar la diferencia que hay entre el texto oral y el texto escrito, que hay mucha diferencia. Y de hecho, con el tiempo, hay muchísima diferencia con el texto oral de ahora, aunque la mayoría de los cuentos de esa época ya no los cuento; pero hay muchísima diferencia a las últimas veces que he contado ese cuento, al cuento grabado y al cuento escrito. No tiene nada que ver. Porque el cuento va creciendo, porque la vida va cambiando y como el cuento lo llevas dentro de ti, pues va cambiando con todo.
Me decías hace rato que cuando te escuchabas en tus primeros cuentos…
Me da repelúz, claro. Pero eso yo creo que le pasa a cualquier profesional.
Y viendo ahora lo que habías hecho entonces, ¿qué es lo que más repelúz te provoca?
Pues yo antes era muy ñoño. Los cuentos eran muy tristones, había mucha reivindicación social pero muy descarada. Ahora ya no. También creo que va con la edad, con la madurez de la persona, que uno va mermando y tranquilizando eso también. Y no es que piense que ya no haga falta ni mucho menos, pero creo que eso le corresponde a otra gente.
Pero aún así siempre hay un discurso, siempre hay una preocupación, siempre hay algo que quieres comunicar; creo que es la diferencia con el chiste, el chiste no te quiere decir más allá que provocarte la risa, y el cuento aparte de provocarte la risa creo que puede y debe decirte algo. Que tú lo entiendas o no eso ya es otro problema… Una persona del público de Alicante una vez me dijo que le encantaba mi forma de contar porque yo tendía la ropa, y había gente que por la altura llegaba a las cuerdas y había gente que no, pero la ropa estaba tendida. Y me parece una forma muy gráfica de decirlo; tú lanzas el mensaje y la gente se ríe, y luego cuando van a casa, o mañana o pasado, a lo mejor en la comida, empiezan a pensar y caen, o caen en ese mismo momento y lo comentan. Yo creo que ahí está pues un poco lo que se persigue con el contar, el manifestar lo que quieres decir.
Una cuestión que me sorprendió, y te la escuché en distintos cuentos, es que dé a ratos tienes una cosa muy escatológica y de repente, llegas a una cosa muy poética, muy suave.
Si. Siempre me han dicho que puedo decir la mayor barbaridad del mundo, incluso barbaridades, que la gente hay veces que se incomoda, pero luego los finales suelen ser tiernos y dulces. Entonces eso como que perdona a todo el resto porque es lo que queda, al final. Y de alguna manera siempre lo hago a nivel de sesión por ejemplo también. Cuando monto una sesión de cuentos, ya voy pensado másomenos qué voy a contar, pero muchas veces llegas, ves el público y cambias totalmente los cuentos. O a lo mejor te ha pasado algo en el viaje, qué se yo, pero aún así en el momento estructuras la sesión con una línea emocional. Hay cuentos que son muy duros, que son realmente duros, hay cuentos que van al degüello emocional. Pero a mí no me interesa que el público se vaya jodido a casa, yo quiero que la gente se vaya contenta, o por lo menos con un buen sabor de boca, aunque luego ya en la casa… hay un cuento que se llama “La casa del mal aliento”, que es un cuento…
Que deja mal sabor de boca.
Si, además es… yo me paso tres cuartos del cuento completamente borracho: yo llego a un pueblo, y hay una tradición en ese pueblo, que cada vez que alguien entra a un bar tiene que beber medio litro de cerveza como mínimo, entonces yo voy buscando al hombre que me va a vender la casa y no lo encuentro. Voy de bar en bar y no lo encuentro y me pilla una borrachera del copón; llego a la casa, entro en la casa, es la Casa del Mal Aliento, la gente no quiere ir. Ahí entra una parte como de miedo, pero que linda un poco con lo cómico, como voy borracho, entonces juego con el miedo, con el alcoholismo. A la mañana siguiente, cuando yo hablo con el hombre, y el hombre me cuenta la historia de esa casa, pega un giro por completo. Es una historia de la Guerra Civil, es una historia que se dio mucho en España, de denuncias con tal de quitarse de en medio a vecinos, y a veces quedarse con las propiedades. Y es una historia muy dura, y en España el tema de la guerra, -que yo no la he vivido, pero sí que he vivido, en mis abuelos y en mis padres esa herida. Y de alguna manera aunque yo no la haya vivido en presencia, sí que la he vivido emocionalmente- es una historia que deja a la gente jodida porque cada una de las cosas de las que se han ido riendo, luego les va vapuleando, o sea cuanto más han reído, más les jode luego.
Yo nunca podría terminar con ese cuento, porque la gente se iría jodidísima a casa. Entonces siempre termino ahí y la gente se va feliz. En Cuenca yo conté este cuento a la noche para adultos y a la mañana siguiente pues vino un matrimonio mayor, y me dijeron “Majo, vaya noche nos has hecho pasar con “La casa del Mal Aliento”. Y a mi no es que me alegrara, pero de alguna manera es lo que me gusta, que los cuentos se queden ahí.
En uno de los encuentros de narradores hablábamos de lo importante que es el cuento, lo importante que es la forma de contar. Yo creo que lo importante no es ni quién lo cuenta, ni cómo lo cuenta, ni qué cuento siquiera; lo importante es la emoción que produce en el público.
Al poco tiempo se olvidan de que yo me llamo Felix Albo, con el tiempo se olvidan de que soy gordo y con barba; con el tiempo se olvidan incluso de qué iba la historia. Pero creo que habrá gente que nunca olvidará que escucharon a una persona que no conocían de nada y lloraron o rieron, y no sólo ellos sino que rieron con un montón de gente. Yo creo que eso es lo que tiene que durar y lo que de alguna manera busco. De hecho yo como tú hacía entrevistas a narradores, con la excusa de plasmarlas en una revista de teatro,pero la excusa real, la razón, era porque yo aprendía un montón. Y aprendí a mirar, a mí me interesaba sobretodo desde donde miraban los cuentos, desde donde contaban.
Hay gente, que por ejemplo, cuenta desde los personajes, él no te cuenta historia, él te va definiendo el personaje, y acaba el cuento y está definido el personaje, y te ha contado un cuento. Te ha contado como esa persona respira… ama los personajes de sus historias. Paula que es otra narradora gallega, ella cuenta acciones, sus cuentos son verbos, acabas cansado de esto… y cuenta historias pero siempre desde la acción. José Campanari que es argentino pero que vive en Galicia, se detiene mucho en los detalles, es capaz de describirte una bata al detalle, cómo está bordada, cómo está unido el hombro con la manga, cómo son los botones, cada uno de ellos. Y así te va desgranando la historia.
Yo me baso más en la emoción. A mi lo que me interesa de la historia es eso, todo lo demás son recursos para llegar a conseguir una emoción. De hecho la forma de construirlas también tiene que ver. Yo cuando construyo una historia parto de una situación inicial, de un personaje y de la emoción que quiero que quede al final de la historia. Y a partir de ahí me pongo a viajar, me pongo a mover al personaje en torno a esa situación inicial, y a buscar el final que quiero. Y a veces te lleva a dar unas vueltas tremendas y a veces las historias tienen un toque de surrealismo. Han comparado algunos cuentos, el de “Los Mellados” por ejemplo, que es de los desdentados, un cuento en el que aparece gente muerta que le falta un diente, con “Amanece que no es poco”, que es una película española que tiene un toque surrealista, rural, juega mucho con esa cultura. Y de alguna manera sí, pero es por eso, por cómo voy buscando, y a veces me tengo que ir lejos del final para luego volver, y es lo bonito también, porque es lo menos esperado.
Hace un rato te referías a vos mismo como un Cuentacuentos Profesional, ¿hay alguna diferencia en tí, desde el momento en el que eres profesional?
Una pregunta peluda. Yo creo que el narrador profesional no es el que lo hace bien, sino el que hace de un cuento un espectáculo.
¿Y en eso no está implícito el hacerlo bien?
Claro. Entonces eres un buen profesional. Yo cuando cuento cuentos a mis niños no soy un narrador profesional, soy un padre que está contando un cuento a un niño. Lo que pasa es que tengo la ventaja de conocer muchísimas historias, tengo mucho repertorio, y aún así, (como decíamos antes), siempre te pide la misma historia. Pero yo ahí no estoy haciendo un espectáculo de mi narración, porque es algo íntimo entre mi niño y yo. Lo estoy haciendo bien, porque como padre me interesa que todo lo que haga hacia mi hijo lo haga lo mejor posible, pero ya ahí lo veo como que no soy Felix Albo, soy el padre de mi hijo; ahí noto una diferencia muy grande. Y los padres que cuentan cuentos a sus hijos, lo hagan bien o mal, profesionalmente o técnicamente siempre lo van a hacer bien, porque el hijo siempre lo va a agradecer, y siempre va a quedar en la memoria del hijo la voz.
Pero yo creo que la diferencia quizás está ahí, en la madurez técnica, en repertorio, en saber adaptar el repertorio al público. Yo creo que te hace profesional la cantidad de recursos que puedes llegar a manejar y la capacidad de manejarlos bien, porque hay gente con muchos recursos que los utiliza mal y hay gente con muy pocos recursos pero que los utiliza muy bien.
Yo animo a todo el mundo a que cuente cuentos, porque una sociedad que escucha, una sociedad que expresa, y que lee es una sociedad mucho mejor siempre... Y creo que a Bolivia le hace falta leer, le hac falta escuchar y le hace decir lo que piensa, pero escuchandose.
¿ Y por qué contarles cuentos a los chicos?
Yo no creo que haya que contarles más a los chicos que a los mayores, de hecho yo cuento más para mayores que para niños, y además hace falta que la gente escuche, que la gente imagine, que la gente sienta. Y yo creo que básicamente cuando yo preparo una selección de cuentos, trato de que las emociones sean distintas, que no todas las emociones sean iguales en todos los cuentos, a lo largo de una hora y media; trato de que sea como un catálogo de emociones, de manera que te sacuda y te rías y llores y te asustes; porque eso es lo que nos hace sentir vivos, eso es lo que realmente nos mueve. Cuando nos enamoramos, cuando nos dejan, cuando se nos viene todo abajo, cuando va todo muy bien, eso es lo que nos hace sentirnos vivos. Y creo que los cuentos son un trozo de distintas vidas en hora y media. En realidad es como mirar, esta curiosidad que siempre tiene el humano y gracias a que la tiene estamos como estamos, ese mirar otras vidas con los ojos de otra persona y luego uno ya entiende lo que quiere.
Y en los cursos que diste aquí en la Universidad, ¿a qué apuntaban?
Aquí como eran estudiantes de Ciencias de la Educación, básicamente les animaba a utilizar el cuento en el aula con dos vertientes: como recurso educativo, pero también como mera actividad de “vamos a gozar contando un cuento”. Luego hablábamos de actividades que podríamos hacer a partir de un cuento contado, cómo utilizarlo para enseñar cualquier tema, qué podríamos trabajar a partir de cada cuento, pero sobretodo recalcando que el cuento por si solo ya tiene un valor incalculable en la gente que lo escucha, y que hace falta que el cuento entre en el aula, y entre en la casa, y entre en la calle, hace falta que se cuenten cuentos.
Entonces yo creo que los maestros y maestras tienen la ventaja de conocer a sus chicos y chicas a veces mucho mejor que los padres y las madres, y tienen la obligación de saber qué cuento contarles. Aunque luego no dijeran: bueno, les he contado este cuento, vamos a hablar de los árboles, porque hay arboles o yo les cuento un cuento y vamos a dar clase de matemáticas. No tiene por qué.
Es como un recreo.
Exacto. Además se crea una relación muy especial entre el maestro que cuenta cuentos y el alumno en ese momento. O sea, un maestro que cuenta cuentos, en ese momento no es maestro, es algo especial; igual que un padre; un padre que cuenta cuentos, en el momento que te cuenta es tu padre pero es algo especial, es algo además totalmente efímero que también me gusta mucho por eso .
A mí siempre me ha apasionado lo de los lamas del Tibet, que están durante semanas haciendo los mandalas con arenas de colores, y cuando lo terminan soplan. Yo de pequeño decía: ¡qué tontería estar dos semanas perdidas!; pero no, es el disfrute de vivir ese momento. Y en los cuentos pasa eso, es totalmente efímero, piensa que es un oficio de viento. O sea yo estoy llenando cada momento con palabras, y luego acaba esa historia y puedo contar otra historia completamente distinta y no se estorban la una a la otra. Puedo contar una historia del pasado, otra del futuro, una de reyes, otra de ranas y no se estorban, porque soplo, desaparece, dejamos de disfrutar el estar escuchando esa historia y nos preparamos para escuchar otra y disfrutarla.
Y también me gusta porque es cómodo, el teatro lleva escenario, vestuario, luces, sonido; a mí por ejemplo no me gusta contar con micrófonos.
Te iba a preguntar eso. Has hecho algunas presentaciones para cuatrocientas personas.
Si, y me siento incómodo.
Pero ahí usas micrófono.
Claro, en Colombia y México por ejemplo, había auditorios de esos para cuatrocientas, quinientas personas. Es inevitable contar cuentos ahí, pero a mí no me gusta. Me atrevería incluso a decir que eso no es contacto, eso es otro registro, es un espectáculo de narración. Pero no estoy contando. Para mí contar es una cosa íntima, yo tengo que sentir a la gente, tengo que verla, me tienen que escuchar. Y si me tienen que escuchar…yo no puedo estar mirándote a ti y estar escuchando tu voz por un parlante, yo tengo que sentir tu voz de ahí, de donde sale, porque me ayuda a creer lo que estoy contando.
¿Has hecho teatro?
No, he hecho alguna cosilla pero como todo el mundo, escolar y cosas así. Una obra de títeres montamos Pablo y yo, y fue algo anecdótico y lo hicimos dos o tres veces.
Siento cosas muy afines entre el teatro y el contar cuentos, aunque a la vez entiendo la diferencia que planteas….
Claro, pero somos artes escénicas realmente. Es un grupo de gente que mira a alguien que hace algo. Ese es el teatro, que hace algo que comunica algo.Y ambos tienen mucho que ver. Por eso es una discusión en la que la gente se emperra ahí… Para mí por ejemplo el teatro es más numeroso, es para un público mayor. Yo el cuento lo siento como más pequeño, como más sentido.
Hay un narrador que se llama Nicolás Buenaventura que es colombiano pero vive en Francia, y él cuando termina su sesión de cuentos, se sienta en el escenario y habla con el público, deja que el público le pregunte y es algo que me encanta.
Yo soy incapaz de hacerlo porque soy muy tímido, yo mientras estoy contando, estoy viendo lo que estoy contando, (no es que no me de cuenta -estoy mirando al público, estoy pendiente de él- pero estoy ahí). Pero en los aplausos por ejemplo, no sé dónde coño meterme, es algo que me viene muy grande y hay veces que aplauden y digo: Ya, ya que bueno que les haya gustado, de verdad os agradezco, pero es que no sé dónde meterme o sentarme. Con los adolescentes sí que lo hago, pero también porque me parece interesante, me parece que es importante animarles a que ellos cuenten. Yo siempre les digo: Todo el mundo cuenta cuentos, cuando vosotros llegáis tarde a casa, “¿y por qué habéis llegado tarde?, bueno es que el autobús….”, estáis contando. ¿Y qué es lo que utilizáis para contar? No dices “mirá mama, iba yo por el…”, no, le dices desde tí. Esa es quizás la diferencia, para que sea creíble, no se sale de su papel aunque esté contando una mentira. Entonces mira, gesticula con normalidad.
Es más, no tiene que pasarse.
Exacto. Contar cuentos es eso, es contar una mentira bien contada.
Y que piensas de esta cercanía con los estafadores aquí se llama “hacer el cuento del tío” a un tipo de estafa
Si allí de hecho un cuentista es como un mentiroso, “Ah, no viene a trabajar, ya está con sus cuentos”, es como un buen mentiroso.
El que sabe contar la mentira.
Claro. De hecho yo creo que tengo una habilidad: de pequeño era muy mentiroso, entonces creo que ahí cogí mucha habilidad para darle naturalidad a las cosas. Y con los adolescentes me gusta mucho hablar de esto y se ríen, y saben que es verdad; :”Cuando llegáis a clase las trolas que metéis al maestro, y sin que se note”, o sea un buen cuenta cuentos es el que cuenta una barbaridad grande y lo hace tan bien que el maestro sabe que es mentira pero se lo perdona…
¿Algo que quieras agregar?
Cre que en Bolivia hace falta que se cuenten cuentos. Le hace falta a la gente escuchar y comunicar. En el curso les decía: una persona que sabe escuchar, luego le va a ser mucho más fácil expresarse, le va a ser mucho más sencillo aprender a expresarse, porque como ha escuchado cómo se expresa la gente, luego sólo tiene que elegir cómo quiere expresarse.
Yo creo que a todo el mundo le hace falta, pero a Bolivia en especial. Cuando estuve en un pueblo de Santa Cruz y saqué un libro de cuentos, a los niños no les cabían los ojos en la cara y uno dice: es que nunca habíamos visto un libro de cuentos. Dije: ¿Y es que no tienen libros en la escuela?, Sí, dos, uno el de la maestra y otro el que nos vamos pasando. Estuve tres cuartos de hora contando y cerca de dos horas mirando los libros con ellos. No me parecía justo que en un país haya niños donde habiendo literatura no tengan acceso. Otra cosa es que tribus de África donde no ha llegado nunca un libro no tengan libros, no sienten esa necesidad; pero aquí yo creo que sí.
Y se supone que con la reforma educativa que hubo llegaron bibliotecas bastante interesantes a todos los colegios fiscales. Más bien pusieron por escrito cuentos de aquí que eran orales nada más, en distintas lenguas. Están, pero se ve que no han llegado a todo lado.
Y eso a mi me marcó muchísimo, yo creo que hay una intención después desde ese día. Me parecía brutal, sobretodo por el cambio, luego vas alla a España… estuve aquí en Mallasa, contando en un colegio de un pueblo, y había más actividades: fue el premio de literatura del año pasado. Y primero izaron la bandera, cantaron el himno nacional, formaron, que a mí eso me pareció brutal porque eso no lo he vivido en mi tierra pero si que se hacía con la dictadura, entonces era algo que me chocó muchísimo. Hicimos un montón de actividades: un taller de ilustración, poesía y yo les contaba cuentos. Y cuando terminamos se les daba un premio por haber participado, cogíamos cajas de 24 colores y les dábamos 3 colores a cada niño. Yo pensaba, si eso lo hacemos en mi tierra, los niños dicen: “Métete por el puto culo estos tres lápices!”. Y esas diferencias a mi me marcan un montón.
El cuento como lo llevo yo dentro, es algo que donde voy llega, entonces de alguna manera por eso me encanta venir aquí, a México, a Venezuela, a Colombia, porque yo ofrezco lo poco que tengo, las pocas historias que sé, pero las ofrezco lo mejor que puedo. Y animo a todo el mundo a que cuente, y por eso el curso de este año me parece muy interesante porque les hablaba de eso, de la importancia de que el cuento llegue: porque en una sociedad que escucha, una sociedad que expresa, y que lee es una sociedad mucho mejor siempre.
Una sociedad culta es una sociedad mucho más libre también, porque puede elegir. Y yo creo que a Bolivia le hace falta leer, le hace falta escuchar, y le hace falta decir lo que piensa, pero escuchándose. Y me estoy metiendo en un territorio político que desconozco, pero por lo poco que he visto la gente, los taxistas te cuentan, los niños te cuentan también, ves comportamientos grupales y sociales que de alguna manera te llevan a pensar eso, que hace falta en todo el mundo pero aquí, en especial.